Sacrifice on the Border: todas las fronteras comienzan antes del muro.
- literaturanyc
- hace 5 días
- 8 min de lectura

En Sacrifice on the Border: A Mother Searches for Her Stolen Child, la escritora chilena Cecilia Domeyko convierte la búsqueda desesperada de una madre en una historia sobre migración, violencia, pérdida y esperanza. La novela sigue a Yoali, una joven que cruza la frontera hacia El Norte con su pequeño hijo, Elisito, y cuya vida cambia cuando el niño desaparece. A través de una narración coral, diferentes personajes revelan las contradicciones de un territorio donde conviven la solidaridad, el crimen organizado, la fe y el deseo de comenzar una vida nueva. Periodista y documentalista, Domeyko se inspiró en años de entrevistas con familias migrantes para construir una ficción que denuncia realidades frecuentemente silenciadas. En esta conversación con Five Points Publishing, la autora reflexiona sobre la creación de Yoali, la complejidad de Coyota, el simbolismo de las leyendas ancestrales, la presencia de la música y los desafíos éticos de transformar el sufrimiento humano en literatura.
La búsqueda de Elisito funciona como el gran motor narrativo, pero la novela también explora la migración, la violencia, la pobreza y el tráfico de órganos. ¿Cuál fue la primera historia que usted quiso contar: la de una madre, la de un niño desaparecido o la de quienes arriesgan la vida para llegar a “El Norte”?
Hacía muchos años que quería escribir sobre la frontera. Como periodista había investigado durante años la vida de migrantes, había hablado con hombres, mujeres y niños en comunidades cercanas al Muro y había conocido historias de quienes cruzaron, de quienes fueron detenidos y tuvieron que regresar, y también de quienes lograron quedarse y construir una nueva vida en El Norte. Pero durante mucho tiempo no encontré la forma literaria de contar ese mundo.
Hasta que una mañana intervino mi subconsciente. Durante un sueño liviano escuché la voz de una joven que comenzó a contarme su historia en primera persona. Esa voz era Yoali. Las primeras palabras de la novela me llegaron de esa manera.
Por eso no puedo decir que conscientemente haya elegido primero la historia de una madre, de un niño desaparecido o de los migrantes. Lo primero que apareció fue una voz. Y esa voz pertenecía a una joven que tenía sueños, que quería llegar al Norte y que, al convertirse en madre y perder a su hijo, encontraba dentro de sí una fuerza que quizá ni ella misma sabía que poseía.
A partir de Yoali comenzaron a llegar las demás historias.
La historia se construye mediante numerosas voces —Yoali, Frank, Coyota, Guayo, Dora, Lucy y otros personajes—. ¿Qué posibilidades le ofreció esta estructura coral y cómo trabajó para que cada personaje tuviera una identidad narrativa propia?
La estructura coral no fue una decisión técnica tomada de antemano. Yoali comenzó a hablarme en primera persona y después ocurrió algo semejante con los otros personajes. Cada uno quería contar su propia versión de la historia. Cuando ya habían aparecido las primeras voces comprendí que esa era la estructura natural de la novela y decidí respetarla. Me fascinó porque me permitía entrar directamente en la conciencia de cada personaje. Un mismo acontecimiento podía tener significados completamente distintos dependiendo de quién lo viviera.
No tuve que elaborar una fórmula para diferenciar las voces. Cada personaje llegaba con su propio temperamento, su manera de mirar el mundo, sus prejuicios, sus deseos y hasta su sentido del humor. La Coyota jamás podía hablar como Yoali, y Guayo jamás podía mirar el mundo como Frank.
Creo que mi trabajo como escritora consistió, sobre todo, en escucharlos y no interferir demasiado.
Yoali comienza su viaje como una joven llena de sueños y termina convertida en una madre capaz de enfrentar enormes peligros. ¿Cómo construyó su transformación sin reducirla únicamente a la condición de víctima o estereotipo del inmigrante?
Nunca vi a Yoali primordialmente como una víctima ni como “una inmigrante”. Para mí siempre fue una mujer. Hay una parte de Yoali que conozco profundamente porque pertenece a mi propia experiencia. Yo también fui una joven llena de sueños. También tuve que enfrentar obstáculos y abrirme camino. También fui madre, tuve bebés en mis brazos y desde el momento en que nacieron tuve sueños y temores relacionados con ellos.
Las circunstancias de Yoali son, por supuesto, completamente diferentes de las mías. Esa realidad proviene en gran medida de mi investigación periodística y de las personas que conocí durante mis años de trabajo sobre la frontera. Pero la emoción humana no necesita pasaporte. El miedo de una madre que piensa que puede perder a su hijo, su desesperación por encontrarlo y la fuerza que descubre dentro de sí misma son profundamente universales.
Yoali empieza buscando El Norte porque cree que allí encontrará una vida mejor. Pero su verdadero viaje termina siendo interior. La joven que soñaba con otro país descubre que posee una fuerza que desconocía.
Además, “El Norte” es una expresión que escuché muchas veces. Y me interesó porque no designa solamente un punto geográfico. El Norte es también una idea.
Coyota es uno de los personajes más complejos de la novela: participa en un mundo violento, pero también protege y ama a Elisito. ¿Fue creada para cuestionar la división tradicional entre personajes buenos y malos?
No. Si lo hubiera pensado de esa manera probablemente La Coyota habría resultado mucho menos interesante. No nació de una teoría sociológica ni de ninguna de las mujeres que entrevisté durante mis años de investigación. Un día simplemente apareció bajo mi pluma, con enorme insistencia —lo cual es muy propio de ella— y quiso hablar. Yo la dejé hablar.
Fue probablemente el personaje con el que más me divertí escribiendo porque le di una libertad enorme. Podía ser vulgar, cruel, divertida, feroz, contradictoria y, al mismo tiempo, poseer una capacidad de amar que ni ella misma sabía que tenía.
Lo que terminó interesándome profundamente fue su posibilidad de redención. No creo que las personas estén condenadas a permanecer exactamente como son. Podemos endurecernos y volvernos cada vez más amargos, pero también podemos transformarnos.
El amor de La Coyota por Elisito abre una grieta en la coraza que ella había construido para sobrevivir. Y por esa grieta comienza a entrar la luz.
Para mí, su recorrido desde la oscuridad hacia la luz tiene algo profundamente espiritual. La redención de La Coyota no borra lo que hizo. Lo que demuestra es que incluso alguien que ha vivido dentro del mal conserva la posibilidad de elegir otra cosa.
La novela mezcla una problemática contemporánea con leyendas ancestrales, especialmente a través del volcán Masaya, el lago Ixchel y el cocodrilo Chac. ¿Qué función cumple este universo mítico dentro de una historia sobre migración y crimen organizado?
Desde niña me han fascinado las leyendas, la magia y los relatos en los que el mundo visible convive con otro mundo que no alcanzamos a comprender completamente. Más tarde descubrí los símbolos y los arquetipos a través de Carl Gustav Jung y estudié durante años el mundo de los sueños. También me interesaron profundamente las cosmovisiones ancestrales de los pueblos originarios de América Latina.
Pero al escribir la novela no preparé una lista de símbolos que quería introducir. Ocurrió exactamente al revés: los símbolos aparecieron primero y muchas veces yo comprendí su significado después.
Eso me sucedió repetidamente durante la escritura. Escribía una escena porque sentía que tenía que ser así y después descubría que contenía un significado simbólico mucho más profundo del que había percibido conscientemente.
Por eso el volcán, el lago, Chac, las flores de los muertos, el cementerio, los túneles y otros elementos no están allí como adornos culturales. Forman parte de un segundo lenguaje de la novela.
En la superficie estamos leyendo una historia contemporánea sobre migración, violencia, tráfico y crimen organizado. Debajo de esa historia existe otra: un descenso a la oscuridad, una búsqueda, una pérdida, una muerte simbólica y la posibilidad de regresar transformado.
Es una estructura antiquísima. Y creo que precisamente por eso puede convivir con una problemática absolutamente contemporánea.
Usted evita identificar directamente a los países y utiliza los nombres “El Norte” y “El Sur”. ¿Buscaba universalizar la experiencia migratoria o impedir que la novela fuera leída únicamente como una historia sobre la frontera entre México y Estados Unidos?
Ambas cosas, aunque surgieron de una realidad muy concreta. Los migrantes que llegan a esa frontera no provienen de un solo país. Vienen de México, de Centroamérica, de Sudamérica y también de lugares muchísimo más lejanos. Reducir esa experiencia a dos países habría limitado el universo de la novela.
Además, “El Norte” es una expresión que escuché muchas veces. Y me interesó porque no designa solamente un punto geográfico.
El Norte es también una idea.
Es el lugar sobre el cual se proyectan los sueños: seguridad, trabajo, dinero, educación para los hijos, una casa, una segunda oportunidad. Algunas de esas esperanzas se cumplen y otras no.
Por eso preferí El Norte y El Sur. Me permitían hablar de una frontera reconocible y al mismo tiempo de todas las fronteras. Porque la migración no comienza en un muro. Comienza mucho antes, cuando alguien mira hacia otro lugar y piensa: allá quizá pueda construir la vida que aquí no puedo tener.

Antes de escribir esta novela, usted fue periodista y documentalista, y entrevistó durante años a familias migrantes. ¿Cómo logró transformar esos testimonios reales en ficción sin apropiarse de sus experiencias ni convertir el sufrimiento en espectáculo?
Yo cuestionaría un poco la premisa de esa pregunta. El sufrimiento humano ha estado en el centro de la literatura desde que comenzamos a contar historias. La pérdida, la guerra, el exilio, la violencia, la muerte, el amor y la separación forman parte de nuestra experiencia como seres humanos. El problema no es escribir sobre el sufrimiento. El problema sería trivializarlo.
Y en cuanto a “apropiarme” de las experiencias, diría que en cierto sentido hice precisamente eso, aunque no en el sentido negativo de la palabra.
Durante diez años escuché historias, investigué, observé, entrevisté y conviví con realidades muy diferentes de la mía. Para transformarlas en literatura tuve que permitir que me afectaran. Tuve que hacerlas emocionalmente mías, identificarme con ellas y comprenderlas desde dentro.
Pero no tomé la vida de una persona y la convertí en personaje. La Coyota, por ejemplo, no corresponde a ninguna mujer que yo haya entrevistado. Yoali tampoco es el retrato de una mujer determinada.
La creación literaria transforma. Toma fragmentos de realidad, memoria, investigación, imaginación, sueños y experiencia personal y produce algo que antes no existía.
La historia sostiene que el amor puede convertirse en un arma contra el mal; sin embargo, también muestra que el amor puede generar celos, pérdida y contradicciones, como ocurre en el reencuentro entre Yoali, Elisito y Coyota. Después de escribir la novela, ¿cambió su propia manera de comprender el amor y la maternidad?
No diría que la novela cambió mi manera de comprender el amor. Creo que me permitió expresar algo que ya llevaba dentro. Hay muchas cosas a las que llamamos amor. Algunas están mezcladas con posesión, miedo, dependencia, celos o necesidad. Pero cuando en la novela hablo del amor como una fuerza capaz de enfrentarse al mal, estoy hablando de otra cosa. Estoy hablando del Amor con mayúscula.
Ese amor no necesariamente evita el sufrimiento. A veces lo exige.
Eso se vuelve particularmente doloroso en la relación entre Yoali, Elisito y La Coyota. Yoali es su madre. Lo ha buscado atravesando peligros inimaginables. Pero La Coyota también ha llegado a amar profundamente a ese niño. Elisito, a su vez, ha establecido con ella un vínculo verdadero. Ninguno de esos sentimientos invalida al otro. Ahí aparece una de las preguntas más difíciles de la maternidad: ¿amar significa que alguien nos pertenece?
Creo que el amor más profundo dice exactamente lo contrario. Amar a alguien significa, en última instancia, querer su bien incluso cuando ese bien puede producirnos dolor.
Por eso el amor funciona en la novela como una fuerza contra el mal. El mal tiende a poseer, utilizar, destruir y dominar. El Amor con mayúscula es capaz de hacer lo contrario: proteger, sacrificar, perdonar y, finalmente, dejar libre.
Y quizás esa sea una de las transformaciones más profundas de la novela: no solamente la de Yoali o la de Elisito, sino la de La Coyota, una mujer que parecía pertenecer completamente al mundo de la oscuridad y que descubre, a través del amor, que todavía puede escoger la luz.



Felicitaciones a la escritora por escribir una novela sobre un tema tan complicado y delicado como lo es el de la inmigración. También a Five Points por publicar textos que han de cambiarnos como lectores y protagonistas del vivir en otros lares lejos de nuestros países de origen.