Fracturados: Odette Magnet y el coraje de recordar
- literaturanyc
- hace 24 horas
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Durante años, Odette Magnet contó las historias y los dolores de otros desde las páginas de la revista HOY, donde trabajó como periodista especializada en derechos humanos durante la dictadura militar chilena. Más tarde, su labor diplomática como agregada de prensa en Washington, D. C., Londres y La Paz (Gobiernos de Eduardo Frei Ruiz Tagle y las dos administraciones de Michelle Bachelet), amplió su mirada sobre Chile, la memoria y las consecuencias que la violencia política deja tanto dentro como fuera de un país.
Aquellas voces, imágenes y experiencias reaparecen transformadas en los relatos de Fracturados (Five Points Publishing NYC, 2026), un libro que indaga en las heridas provocadas por la represión, el exilio, la desaparición, la tortura y el silencio. Aunque sus personajes pertenecen al territorio de la ficción, las situaciones que enfrentan están inspiradas en hechos reales y en una memoria que la autora se niega a abandonar.
En esta entrevista, Magnet reflexiona sobre su tránsito del periodismo a la literatura, su experiencia como diplomática y las consecuencias íntimas y colectivas de la dictadura. Desde esa trayectoria, vuelve la mirada hacia el miedo, los centros de detención y tortura, las ollas comunes y los precarios programas de empleo creados por el régimen: realidades que marcaron a generaciones enteras y que todavía algunos sectores intentan minimizar o negar.
Para Odette Magnet, escribir es una manera de rescatar a las víctimas del olvido, pero también un acto de reparación, resistencia y amor porfiado.
El título Fracturados alude a personas, familias y a un país quebrado por la dictadura. ¿En qué momento descubrió que esa palabra reunía el sentido profundo de todos los relatos?
Los cuentos narrados en mi libro retratan situaciones límites que vivieron miles de chilenas y chilenos bajo la dictadura en un contexto de sobrevivencia extrema. Las víctimas tienen en común un dato: todas han sufrido brutales violaciones a los derechos humanos y han vivido para contarlo, pero están fracturados. El daño es profundo e irreparable: la barbarie, la violencia, la violencia dejarán su huella hasta el último día de sus vidas. Casi no hay familia que no haya sufrido, de una u otra manera, el impacto de 17 años de tiranía. Cuando la dictadura termina, Chile se muestra ante el mundo como un país fracturado, con heridas profundas, abiertas, imposibles de borrar. Un país enfermo, dividido hasta la raíz, entre civiles y militares, víctimas y victimarios. Un pueblo que no ha logrado hacer un ejercicio de memoria real y profundo. Los chilenos tienen mala y corta memoria. Y se llevan mal con ella porque la asocian con el conflicto. Los derechos humanos huelen a conflicto y el conflicto huele a caos. Y los chilenos le temen al caos.
En el prólogo afirma que, como periodista, escribió durante años las historias y los dolores de otros, hasta que decidió buscar su propia voz. ¿Qué pudo expresar mediante la ficción que no había podido decir a través del periodismo?
Hace muchos años que estaba como embarazada de estos cuentos, de estas experiencias, de estos casos que me había tocado cubrir como periodista y quería, de alguna manera, liberarme de ellos, compartirlo con otra gente. Todo estaba guardado en la memoria. Lo vivido y reporteado me pesaba en el alma. Las voces de los otros me ahogaban y yo estaba afónica, seca. Quería visibilizar el dolor, los múltiples atropellos que sufrieron los chilenos y las chilenas. Darle algún sentido a tanto dolor para que toda esta pesadilla no haya sido en vano.
Estas son historias que en estricto rigor no son ficción. Yo no inventé ni la desaparición, ni la tortura, ni la muerte. Los nombres cambian, pero todo obedece a historias inspiradas en hechos reales. Si tú viviste algo de la dictadura, te vas a dar cuenta de que sucedió, que es muy real, que son cuentos que yo recogí, reporteé, escribí. Quise recoger las historias de chilenos y chilenas que pasaron por lo que yo llamo el infierno, que fueron víctimas de asesinato, desapariciones, torturas, asilo exilio, secuestros, en fin. La lista, lamentablemente, es muy larga.
Mi trabajo es una invitación a sumergirse en la memoria y, si es necesario, en el dolor. Hace años que libro una lucha silenciosa para que no me venza ni la tristeza ni la bronca. Después de casi dos décadas de escuchar las historias de otros, me propuse cruzar de la vereda del periodismo a la de la literatura. Abandoné el rigor del periodismo, la fecha exacta, la cifra precisa, y me propuse encontrar mi voz, como si fuese un objeto perdido en una guerra sin destino, como son todas las guerras.
Al redactar estos cuentos, mi único propósito ha sido rescatar la memoria, salvar a las víctimas de la dictadura del olvido, honrar sus nombres y sus vidas. Mi escritura es una forma de reparar y consolar.
El tema de las violaciones a los derechos humanos aún incomoda en Chile, incluso en el progresismo. Y una parte de la derecha aún cree que los detenidos-desaparecidos son parte de una fantasía colectiva e insiste en ese slogan majadero de que hay que “dar la vuelta la página” y no quedarse en el pasado.
Los protagonistas no solo padecen la violencia política: también enfrentan separaciones, silencios, culpas y quiebres familiares. ¿Le interesaba mostrar que una dictadura continúa operando dentro de la vida privada mucho después de haber terminado?
Han pasado 50 años y Chile es aún un país fracturado. Entre otras cosas porque no ha podido construir un relato común de los que nos pasó. El tema de las violaciones a los derechos humanos no está, para nada, zanjado, hay mucho que queda por hacer. Y, bajo este gobierno, lo avanzado corre el peligro de ser desmantelado. Ya está siéndolo. El Plan Nacional de Búsqueda, por ejemplo, está en peligro, aunque se diga otra cosa. Impera el negacionismo y la tendencia a minimizar lo sucedido en dictadura.
Desde hace mucho libro una batalla contra el olvido. Este es un ejercicio de memoria, en el cual hay que tener la voluntad de saber y el coraje de recordar. La memoria no es una suma de recuerdos. La memoria es nuestro ADN, nos valida, nos otorga una identidad. Sabe a lealtad y a amor porfiado. A través de ella los pueblos se explican y se reconocen en su historia, su origen, su razón de ser como comunidad y personas. Yo me niego a olvidar. Los únicos muertos son los olvidados.
En el prólogo sostiene que la escritura la salvó de la locura y le devolvió su centro y su identidad. Después de terminar Fracturados, ¿siente que la literatura puede reparar estas heridas o su misión consiste, principalmente, en impedir que sean olvidadas?
La literatura es un recurso que permite la reflexión, el diálogo. Puede contribuir a botar muros de sospecha y levantar puentes de confianza. El tema de las violaciones a los derechos humanos aún incomoda en Chile, incluso en el progresismo. Y una parte de la derecha aún cree que los detenidos-desaparecidos son parte de una fantasía colectiva e insiste en ese slogan majadero de que hay que “dar la vuelta la página” y no quedarse en el pasado. Se ha dicho hasta el cansancio, pero nunca se habrá dicho lo suficiente: un pueblo sin memoria no puede construir un futuro. Hasta ahora hay una ultraderecha que no habla de torturas, represión ni de terrorismo de Estado sino de “apremios ilegítimos”, “excesos” y “errores”.
El libro concluye con un homenaje a la Vicaría de la Solidaridad. Sobre héroes y tumbas es un texto abiertamente testimonial. ¿Por qué decidió cerrar la colección abandonando la ficción y hablando desde su propia experiencia como reportera?
La dictadura me marcó como mujer y periodista. Fueron años, de mucho temor, más bien de terror. Forjamos un compromiso muy fuerte con nuestra profesión, con la necesidad de denunciar la barbarie, de buscar la verdad y la justicia. Soñábamos con volver a la democracia. En esa tarea, la Vicaría fue una institución monumental, clave, imprescindible. Yo tenía 17 años cuando vino el golpe. Cuando recuperamos la democracia (o comenzamos a transitar hacia ella), tenía 34. Me habían quitado la mitad de mi vida. Sin devolución.



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