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Julio Garzón: mirar de frente, escribir contra el olvido

literaturanyc
30 sept
6 min de lectura

Actualizado: 1 oct


Mirar exige detenerse y abrirse a las historias de otros. En No escapes a tus ojos, Julio Garzón reúne poemas escritos entre 1994 y 2025 que exploran el amor, la migración y la memoria colectiva. Poeta, artista visual y educador, entrelaza palabra e imagen para acercarse a la condición humana. En esta entrevista, reflexiona sobre la diferencia entre ver y mirar, la patria que acompaña al migrante y la responsabilidad del escritor ante la violencia. Su voz reivindica una poesía capaz de despertar empatía, preservar las voces silenciadas y tender puentes humanos frente al olvido y la indiferencia del presente.



En el poema que da título al libro, la voz poética invita a mirarse en “el azogue del tiempo”, reconociendo el miedo, el fracaso y el dolor. ¿Qué significa para usted no escapar a nuestros propios ojos y qué verdades personales necesitó enfrentar al escribir este poemario?


Somos educados en la idea de vivir de prisa. Que la vida es una carrera contra el tiempo. Y en su vértigo, solemos perder el horizonte. Ver es un acto pasivo, involuntario, la percepción meramente sensorial del entorno. Nacemos viendo. Mirar, en cambio, es un acto consciente, deliberado. Es cuando dirigimos la atención y la voluntad en alguna dirección, para encontrar un sentido, un contexto. Mirar requiere un aprendizaje. No escapes a tus ojos, es un acercamiento a ese aprendizaje, a mirar, no solo ver. A encontrarnos con nuestra propia humanidad y a contemplar el mundo circundante. Nos pasamos el tiempo viendo, sin mirar. En la madurez de la vida descubrí con pena, que hubo hechos, personas y circunstancias que tal vez vi con ojos muy abiertos, pero debí haber mirado, porque es ahí donde emergen la empatía o la gratitud por lo que nos rodea; cuando la experiencia vital se transforma en revelación y aprendizaje.


El libro reúne poemas escritos entre 1994 y 2025. ¿Cómo dialoga el Julio Garzón que escribió aquellos primeros versos con el poeta que, tres décadas después, organizó y revisó este recorrido?


No escapes a tus ojos es un monólogo interior, a veces una búsqueda y un diálogo con la vida misma y la historia. Un camino lleno de geografías y tiempos, de logros y desaciertos. Intento mirar de frente al dolor, sin eufemismo; a la belleza, con admiración y al amor, sin adornos. Mirar la vida a veces con nostalgia, pero con la certeza que, en su brevedad, hay espacio para la plenitud.

Cuando empecé a escribir en el colegio, los compañeros buscaban aquellos versos incipientes, a medio camino, para halagar un amor o celebrar una ocasión especial y yo los complacía con gusto. Escritos y poemas míos aparecieron más tarde en publicaciones que ya no recuerdo, pero a pesar de las voces que esporádicamente me sugerían publicar, solo me interesé en el asunto cuando la formación universitaria me dio la fuerza para atreverme. Tal vez es por eso que subconscientemente, a la primera sección de mi libro la llamé, La palabra liberada.


No escapes a tus ojos está dividido en seis secciones que avanzan desde la reflexión sobre la poesía y el amor hasta la migración, la violencia y la memoria colectiva. ¿Qué viaje interior quiso proponerle al lector mediante esta estructura?


Como la vida es una sucesión de realidades diversas, con logros, fisuras, sobresaltos, sueños y aprendizaje, estamos hechos de esas vivencias que luego se transforman en memorias. Y en ese sentido, intenté un ordenamiento más temático que cronológico de mi trabajo. Pero como la poesía es un territorio donde dialoga la realidad con lo onírico y se entrelazan la conciencia y los sueños, hay poemas que no obedecen a un tema o tiempo definido, aunque tengan fecha, sino a estados interiores. Creo que los lectores encontrarán que esa estructura del libro responde de alguna manera a estos procesos de la experiencia humana.


Usted también es artista visual. En sus poemas aparecen álbumes desteñidos, paisajes que recuerdan a Monet, claroscuros, colores y escenas construidas con gran precisión visual. ¿De qué manera su formación artística influye en su forma de observar y escribir poesía?


Primero fueron los dibujos infantiles de la escuela y luego mi descubrimiento de la fotografía en blanco y negro que aprendí un tiempo en Alemania y después en Nueva York y a la que contribuyó grandemente, mi experiencia en el periodismo gráfico que ejercí por varios años en Colombia. Luego, consciente de la importancia de las artes en la educación, también en Nueva York, terminé la carrera de bellas artes y me incorporé como profesor de esa disciplina a la escuela pública. Creo que de todo ese recorrido surgió un lenguaje en que la palabra y la imagen van siempre de la mano en lo que escribo, en una suerte de simbiosis indisoluble no buscada, pero bienvenida como herramienta creativa.



Colombia, Nueva York, Ithaca, Miami, la Guajira, la Amazonía y Medio Oriente, conforman una geografía emocional dentro del libro. ¿Cómo transformaron la migración y la distancia su relación con el territorio, la identidad y la memoria?


Aquí la idea de mirar, no solo ver, que reverbera en mis poemas, vuelve al primer plano. Cuando vivimos confinados a un espacio geográfico estamos limitados. Es el viaje, la travesía o la experiencia migratoria, lo que nos permite afinar la vista y mirar con otros ojos, nuevas culturas y realidades. Y esto ya es otra escuela, otra universidad, donde el poeta convoca paisajes interiores y universales, otras gentes y costumbres, reconociendo que, en cualquier lugar, además de poblar un terruño, somos también habitantes de temores, silencios, sueños y recuerdos comunes a todos. Añoramos lo que dejamos atrás deseando regresar, pero una visión más amplia del mundo nos devuelve la fe, el deseo de continuar para conjurar el miedo al futuro y la certeza de que donde quiera que vayamos, va la patria con nosotros.


En poemas como “Canto a Yuliana”, “¿Dónde están tus niñas, Afganistán?”, “Voces rotas”, “Desplazados” y “Niño migrante”, la poesía se convierte en testimonio frente a la violencia y la injusticia. ¿Qué responsabilidad siente el poeta al transformar el sufrimiento real de otras personas en materia poética?


El poeta no es un ser atrapado en una burbuja de tiempo. Ese tiempo reclama su voz para el presente o para la posteridad. No hay nada más decepcionante que una vida de espaldas a la realidad, esa que solo ve adelante pero no mira los peligros del camino. Creo firmemente que, sin convertir la escritura en un libelo partidista, el escritor es un testigo de la época que le toca vivir. Eso supone una gran responsabilidad cuestionando narrativas oficiales, mentiras disfrazadas y verdades a medias.

La velocidad de los cambios tecnológicos, sociales y económicos que vivimos hoy, lleva a los individuos y los pueblos a perder rápidamente contacto con la memoria histórica. Pero somos parte de un colectivo humano y el olvido solo apunta seriamente a la falsificación de esa historia. Esquivar la mirada, ignorarla, quizá no nos haga culpables, pero sí cómplices porque como dice el cantautor argentino Horacio Guaraní: si calla el cantor calla la vida.


En “Arte poética” afirma que el poeta “hila pentagramas de voces ignoradas”, mientras que en “Vengo” sostiene que “la paz es un poema que todos debemos escribir”. ¿Confía en que la poesía puede intervenir en la realidad y preservar las voces que la historia o el poder intentan silenciar?


Sí, pero no de la forma en que lo haría una ley o una revolución armada. La poesía no vuela tanques, pero si puede privar a los tiranos de su control de la narrativa y la sumisión de sus víctimas. Un poema puede transformar la mente y las emociones de quienes tengan el poder de cambiar el mundo. El poema crea empatía, preserva la memoria histórica y puede mover a la acción. El Poeta británico-americano W.H. Anden premio Pulitzer en 1948, dijo que “la poesía no hace que nada suceda” y el poeta español Gabriel Celaya le respondió con una frase lapidaria: “La poesía es un arma cargada de futuro”. Cuando los fusiles callan a los pueblos o el miedo paraliza una sociedad, suelen ser los versos los primeros en romper el silencio, porque la poesía no nació como un simple adorno estético y aunque no construye puentes de concreto, puede levantar puentes humanos para que los pueblos crucen juntos.

La historia nos da ejemplos: El francés Rouget De Lisle escribió en 1792 un poema llamado Canto de guerra para el ejercito del Rin. Lo conocemos hoy como La Marsellesa, el himno nacional de Francia, cuyos encendidos versos unieron a los campesinos y las masas urbanas en la Revolución Francesa, para derrocar al absolutismo monárquico. La frase del español Celaya que cité antes, es el título de un poema convertido en grito de guerra bajo la dictadura franquista. Gabriel Celaya rechazaba la poesía que sirve como lujo de salón.

 
 
 

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